Volver a tocar los suelos

  • 03 Oct, 2025
Volver a tocar los suelos

Elegí el 5 de diciembre para publicar esta página porque si no le ponía fecha me iba a dar el 2027, inventando excusas y cambios por hacer. Me imagino hoy - unos días antes, mientras escribo estas palabras-, que al momento de publicarla estarán varios detalles inconclusos, y mucho de la página en obra gris. ¿Qué más da? Voy renunciando a eso de pretender que las cosas se finalizan antes de compartirlas, y me hace más ojitos la idea de que el proceso de gestación sea público, más honesto.   Elegí el 5 de diciembre porque encontré una excusa: es el día mundial de los suelos. No es que le preste mucha atención a esos días institucionalizados – más bien poco-, pero necesitaba un día antes de que se acabara el 2025. Es el día para “concienciar sobre la importancia del suelo como recurso crucial para la vida en la tierra, y la necesidad de gestionarlo de manera sostenible para garantizar la seguridad alimentaria y la salud de los ecosistemas”.   Afuera del cuadrito es sobre reconectar y la primera reconexión de la que puedo escribir es la que yo he vivido con la tierra, con “la naturaleza”.    Yo soy una chica de ciudad y de una inmensa (Bogotá). De comida que viene del supermercado y ninguna experiencia en poner las manos en la tierra. Algunas plantas de mi casa siguen siendo un enigma, y a veces me toca poner alarmas para que no se me olvide su existencia. Crecí en edificios a varios pisos de la tierra y entre una familia que vive, sobre todo, en las construcciones de la mente.    En años de retorno al contacto con “la naturaleza”, siempre me he encontrado de primeras con la torpeza y la extrañeza. La vergüenza, también, de los conocimientos perdidos.    Pero poco a poco he ido reconstruyendo algo y mejorando en dejar a los bichitos caminar en mí, observarlos con curiosidad, y encontrarme con minúsculos rasgos que me provocan asombros, diría, casi celestiales.   Esto todo suena como cosas pequeñas, minúsculas, pero no lo son. Ha sido mucho lo que tenía que caer para que hoy pueda quitar las comillas de “la naturaleza”.    Sobre eso escribía cuando me salió, de tacazo, visceral, punzante, este texto que les comparto a continuación.      Mi dolor más grande ha sido en el encuentro con esa figura gigante que me explicaba todo y que hacía que todo fuera concreto, medible, certero, que tenía tanta evidencia, tanta razón, tanto argumento bien elaborado, justificado, elocuente. Mi dolor más grande ha sido que ese ser se paraba frente a mí como una estructura gigante indestructible, inofensiva, también, porque jamás le vi un ángulo con el que quisiera lastimar, sacar, excluir. Mi dolor más grande es que en un momento lo llevé a juicio y ese juicio ha tardado años y lleva aún su proceso andando: como estructuras gigantes dinamitadas, empezó a caerse en millones de pedazos y desmoronarse en arena. Pude ver que esa estructura, edificios de concreto y vidrio, se parabansobre una tierra blanda, viva, rica, que abajo tenía toda la vida de la vida, y que yo nunca había puesto mis pies en esa tierra. No se me enseñó, jamás, que la tierra era yo, que la tierra era la casa grande, que ese espacio en el que nos paramos no es una superficie que nos sirve de tarima, que se ofrece como recurso para construir nuestros edificios, como la letra K que va dentro de las fórmulas matematicas economicas representando el capital. Pero nunca salimos del salon a poner los pies en la tierra. No se me enseñó que era mucho más que eso, y que había una historia muy larga detrás de mí que explicaba por qué yo no sabía cómo se veían las plantas de las que nacía lo que comiamos, una historia que explicaba por qué una pastilla me producía tanta confianza y un vaso de agua caliente con hojas frescas, en cambio, tantas preguntas. Mi dolor más grande fue que me llegó tarde, como un alud, una sensación de tener que cuestionarlo todo, con determinación brutal, interrogarlo todo, y así se cayeron todos los esqueletos que me sostenían. Se cayeron mis héroes, se cayeron mis estatuas, y me quedé con un polvo que aún mezclo con agua para hacer una pasta con la cual moldeo pensamientos y escribo palabras, en un intento desesperado por reconstruir o quizas sobrevivir. Lo ofrendo acá, esperando construir con él un mensaje que ayude a alivianar mi dolor y el de la humanidad. Yo no vengo de una historia de opresión —aunque también-, yo no vengo de lo que se sentía margen de un centro, vengo, quizás más, de ese centro (el estudiado, el exitoso, el que busca el progreso, el experto), y veía el mundo desde ahí adentro. Nadaba, como tantos, sin conocer el agua, hasta que la probé y me supo seca, creída, como un líquido que todos tomábamos sin saber que cargaba micro partículas de plástico que se nos metian por todas partes, en todo el cuerpo y en todos los cuerpos. El plástico que tanto empleo generó y tantos problemas resolvió, que nos hace vivir mejor de lo que jamás la humanidad vivió, lo cargo en mi ahora como las aves que comen del mar. El mundo, que con buenas intenciones hasta acá llegó, se me metió en el utero y desde ahí creció en sus paredes como bloques de cemento que se se adhieren fijos, secos, hasta que una doctora y una pinza, gracias a esa medicina moderna que tanto me han salvado, abren y raspan y raspan y raspan tantas veces como toque óperar. Yo hago mi tarea y raspo a mi manera: escribo, medito, observo, descubro, cultivo, quiero pensar, un agua que me dé más vida y que no crea, nunca más, en tener la última palabra en este océano de preguntas en las que se nos ha regalado flotar.    Aquí empiezo: en lo que duele. “La herida es el lugar por donde entra la luz”, y ojalá este espacio me lleve, nos lleve, a producirla en tiempos que bastante lo necesitan.

PENDIENTE EDICION.