De cuando en un diálogo para resolver conflictos, abejas, orquídeas y Toroide tuvieron algo que decir.

  • 28 Jan, 2026
De cuando en un diálogo para resolver conflictos, abejas, orquídeas y Toroide tuvieron algo que decir.

Era un taller de viernes a domingo en Tenjo, a las afueras de Bogotá. Se llamaba “Tecnologías para enfriar la tierra: Taller/performance digital multiespecie”. Por el nombre no estaba segura de qué era. Aun así, después de conocer en un cumpleaños a Bárbara, una de las personas que lo iba a dictar, me inscribí sin pensarlo.

Hablamos sobre lo que hacíamos: ambas cercanas a los terrenos de la construcción de paz en Colombia, aunque ella muy metida en procesos con mujeres sabedoras en la Amazonía. No recuerdo específicamente de qué hablábamos, ni qué cuestionamientos inundaban mi mente por ese entonces, pero sospecho que tendría que ver con la frustración por lo humano-racional-centrado que es el mundo en el que me muevo. En todo caso, cuando ella me habló del taller, pensé: eso es, tengo que ir.

Me acuerdo de ver la presentación que nos compartieron y tener que releerla para entender qué íbamos a hacer: “actividades en las que lxs participantes explorarán las controversias que surgen a partir del rastreo de las relaciones que existen entre los diversos seres que habitan un entorno”. Leía cosas como “una dramaturgia extendida” o “jugar el papel de los agentes involucrados en la red de relaciones”. Hoy, cuando escribo esto, detecto cierta vergüenza al admitir que en ese momento esas cosas me resultaban tan ajenas. No venía ni de las artes ni de los movimientos ecologistas. Tenía apenas una inquietud, y con ella me fui para allá.

El lugar al que llegué, Organizmo, era pura paz y sentido. En pleno verde, entre grandes y medianos árboles, aparecían construcciones preciosas que sugerían que uno estaba llegando a un lugar especial. Nos recibió Ana, la directora del proyecto: una mujer joven, de mirada y sonrisa agradables, con una presencia muy afín al lugar. Una arquitecta, si no recuerdo mal, que junto a un equipo de personas ha dado vida a este espacio que, vale aclarar desde el inicio, no es solo un lugar, sino un espacio vivo. Ellxs le han llamado un “Centro de Formación Regenerativa e Intercambio de Saberes Interculturales”.

Toroide

_Imagen tomada de Construcción Toroide — ORGANIZMO

Nos hicieron un pequeño recorrido por el terreno. Nos mostraron cultivos, senderos y cada pequeña construcción. Ninguna llamaba tanto la atención como el Toroide. Verlo aparecer provocaba una reacción casi mística, más cercana a lo que se siente que a lo que se comprende. Una presencia importante, casi sagrada. El Toroide es nada más y nada menos que la Casa del Pensamiento.

En la página web de Organizmo hay una sección dedicada al Toroide, que invito a leer porque, la verdad sea dicha, me intimido al describirlo (¿qué decir para no quedarme corta? ¿qué pasa si digo de más?). Quizás baste con la primera frase que leo: “La arquitectura es la representación de nuestra relación con el territorio”. El Toroide es una muestra de arquitectura vernácula —tradicional, basada en lo local y en los saberes propios— y es un espacio sagrado donde se practica el pensamiento. Recuerdo que nos contaron, entre otras cosas, que un grupo de sabedores y taitas habían viajado desde distintas partes del país a abrir el espacio. Fue allí también donde, la primera noche, hicimos un fuego, compartimos la palabra, e iniciamos el trabajo que veníamos a hacer.

La mayoría de quienes asistimos al taller —unas doce personas calculo— éramos de ciudad y teníamos entre veinte y treinta, algunos un poco mayores. Recuerdo muchos artistas, varios cercanos a la ecología y todos, por supuesto, interesados en lo ambiental. Apenas llegamos, compartimos un delicioso almuerzo vegetariano (permiso para destacar que la comida era de otro mundo).

Yo fui de las últimas en llegar, así que todos estaban sentados en la mesa larga a punto de empezar y tuvieron que abrirme un espacio. Me acomodé entre desconocidos mientras me sentía vista.

Rápidamente empezó la ronda de presentaciones. Todavía recuerdo el nerviosismo, el encarte, al tener que decir qué había estudiado. Tal vez no era necesario, pero es lo que solemos hacer. Supuestamente eso dice mucho sobre alguien, pero en mi caso es común que sorprenda o confunda. Dependiendo de cuánto decida compartir, presentarme también se vuelve una oportunidad para destapar algunos conflictos internos y exponer mi propia vulnerabilidad (materiales jugosos para escribir en esta página web). Me he acostumbrado a agregar una nota después de decir mi carrera: “Estudié, pero no soy economista”. Al decirlo, alguien respondió sonriendo y mirándome con complicidad: “Yo soy ingeniero de programación y poeta”. Era Eugenio, el otro 50% del equipo que dirigiría el taller.

El taller se basaba en un caso ficticio sobre conflictos por el uso de la tierra entre distintos agentes. Del lado humano había mujeres firmantes del acuerdo de paz —excombatientes de las FARC— que habían recibido recursos para iniciar un proyecto productivo y habían comprado vacas para un negocio de lácteos; y también empresarios de bonos de carbono (interesados en plantar árboles). Del lado no humano había tres participantes: las abejas, las orquídeas del bosque y el Toroide.

Nos dividíamos en parejas y escogíamos un rol. Pasaríamos el fin de semana habitando el espacio desde esa perspectiva, usando Ojovoz: una tecnología digital muy simple para documentar el lugar con el celular y cargar fotos, audios, textos y puntos GPS a un mapa del territorio.

Fui entendiendo poco a poco de qué iba el taller: de meternos en el cuento —en cada rol— para explorar otras formas de estar en el territorio, de verlo y escucharlo. Había mucho de juego y curiosidad, y una clara invitación a salir de la zona de confort del pensamiento distante y abstracto, ese que se hace sentado en una silla desde la que podemos hablar de lo que sea. Lo fui experimentando a medida que lo hacíamos: ¿qué se abría al poner el cuerpo a recorrer, a oler, a sentir el territorio? ¿Qué se posibilitaba si nos tirábamos al piso, mirábamos el mundo boca arriba o nos quedábamos horas mirando a una orquídea aparentemente inmóvil?

¿Podía aparecer algo nuevo?

De esa exploración surgirían los materiales con los que luego dialogaríamos. Al fin y al cabo, había un conflicto que atender: el uso del suelo.

No hace falta demostrar que este pequeñísimo caso ficticio (que en la Colombia pos Acuerdo no era del todo ficticio), recogía la esencia —me atrevo a decir— de prácticamente todos los conflictos que podamos imaginar: los temas en los que he trabajado toda mi vida profesional, las causas más profundas en las que ustedes crean, los titulares de las noticias en cualquier lugar del planeta y las grandes preguntas que aún no logramos responder. Contenía la nuez de interminables debates de los que he sido testigo tras años trabajando en diálogo social. Para cuando fui a este taller, llevaba alrededor de medio año haciendo parte de Valiente es Dialogar, un espacio que desde el primer momento me había estimulado y desafiado a pensar muy a fondo una pregunta que, desde que llegó a mi vida, no me abandona: ¿cómo abordamos la diferencia?

Lo que más me impactó de este taller fue el encuadre. Salíamos de la ajetreada vida de la ciudad para tomarnos el tiempo de habitar este experimento colectivo. Hacíamos espacio para salir del molde —en todo sentido—. Y algo que hoy me parece obvio, pero entonces me sorprendió profundamente: que las orquídeas, las abejas y el Toroide fueran participantes activos en la metodología y en el diálogo. Tenían voz.

Algo de lo que mandó a decir la Toroide (que ese día nos pidió llamarla en femenino).

Yo, siendo muy yo, elegí irme al lugar más lejano de todos los roles y me apunté con Lucas para ser el Toroide. Quería saber cómo sería pasar dos días explorando Organizmo desde su presencia. ¿Qué significaría intentar conectarme con la agencia de una presencia tan intangible y a la vez tan inmensa?

Responder eso requeriría otro texto, y aun así quizás no encontraría las palabras. Puedo decir, sin embargo, que fue una experiencia aleccionadora de humildad y esperanza. Aparecieron ideas, sensaciones, palabras, imágenes, movimientos como invitaciones a una perspectiva normalmente ignorada sobre el territorio, sobre lo inmensurable del universo y del tiempo, y sobre nuestra presencia corta y limitada. Fue una mirada que nos ayudó a ponernos en nuestro lugar: no somos tan grandes como nos autopercibimos, y eso —pensando en tanto daño que estamos provocando— trae algo de tranquilidad. Pero también fue una mirada para pensar nuestro papel como humanidad en medio de estos conflictos, y las herramientas con las que contamos para hacer lo que nos propongamos.

A mí lo que más me sacudió fue la libertad: el espacio que estábamos creando para explorar e inventar otras tecnologías que nos ayudaran a hacer lo que seguimos —y siempre seguiremos— necesitando hacer: abordar la diferencia y transformar el conflicto. Me sacudió porque, con los años y por mi propia personalidad, he sentido hambre de ese tipo de exploración que permita hacer las cosas de otras formas: que el juego, el arte, el ritual, lo digital, la curiosidad, lo sensible, el cuerpo, los sentidos y lo personal hagan equipo con el argumento, la cifra, el estudio y el análisis. O que los ojos humanos hagan equipo con los trillones de ojos que hay alrededor y que, al final, componen todo lo que somos.

Me adelanto a una respuesta que varios deben estar esperando: no, no encontramos “la solución” al uso del suelo. Pero ensanchamos el diálogo y llegamos a rincones a los que no habríamos llegado de otra manera. Pasamos de la atención a las unidades a la atención en las relaciones. Nos ubicamos en un espacio y tiempo mucho más amplios que los acostumbrados. Estiramos el pensamiento, y eso cambia la realidad. Lo sé porque, al menos, cambió la mía.

Poco tiempo después, buscando opciones de posgrado, establecí como criterio encontrar escuelas donde hubiera espacio para desafiar el antropocentrismo y que permitieran mucha más exploración creativa que la academia tradicional de la que había hecho parte años atrás. Así llegué a la facultad donde ahora estudio. Vi que llegaba “tarde” a conversaciones que llevan décadas dándose dentro y fuera de la academia. Más aún, descubrí el tamaño del universo de iniciativas que van más allá de la conversación y se atreven a explorar el cuerpo, el performance, lo multiespecie, lo inconsciente, el juego… No llegaba tarde: solo me hacía falta llegar.

Quizás hay una sensación pendiente que me quedó después de este taller: que el grupo estuviera compuesto por personas realmente muy distintas. En este grupo, en esencia, éramos muy parecidos —por algo estábamos allí—. Mi mente soñadora se quedó imaginando cómo sería un ejercicio similar con las personas reales que están en medio de estos conflictos: quienes toman decisiones difíciles, quienes creen en lo mono, quienes creen en lo pluri, quienes tienen mucho y quienes tienen poco, a quienes les duele y quienes ni se dan cuenta, quienes lo explican y quienes declaman, quienes hablan mucho y quienes escuchan. Claro, es naive, porque en la vida real hay que lidiar con identidades, egos, intereses, poder, violencias, heridas, traumas, tiempos, agendas, recursos, y un largo etc. (en el que cabe muchas veces la palabra heridas). Pero la experiencia se quedó en mí como una brújula: ¿cómo romper los moldes en los que trabajamos, y por qué vale la pena seguir en el intento?

Nota:

Gracias por leer esta primera entrada. A quienes les interese conocer del trabajo que hacen algunas de las personas que menciono, les dejo sus redes. Barbara Santos, la encuentran en Instagram como @quiasma. Aprovecho para publicitar su curso/charla “Resonancias Andino Amazónicas” que no me cabe duda de que será una belleza de espacio (búsquenlo en su cuenta, empieza el sábado 7 de Febrero!). A Eugenio Tiselli lo encuentran acá y Organizmo acá.

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