Hamnet y el amor de paisajes florecidos

  • 16 Feb, 2026
Hamnet y el amor de paisajes florecidos

Este texto arranca con la descripción de una escena en la película Hamnet. No es un spoiler importante, pero dejo la advertencia. En todo caso, si no han visto la película, mejor vayan a verla primero para que este texto se sienta más cerquita.

En la escena del segundo parto de Agnes, en la película Hamnet de la directora china Chloé Zhao, sus gritos de dolor se sintieron en mi cuerpo como los gritos de dolor de todas las mujeres en la historia humana, de todas nuestras ancestras, de todo lo que hemos sabido y de todo lo que se ha perdido. Sintiendo que el bebé viene en camino, Agnes se alista para ir al bosque a parir al lado de un árbol antiguo, el mismo donde tuvo a su primera hija. Sabe que tiene que salir a escondidas, pero en ese momento la encuentra su suegra. Una mujer religiosa que, cuando se entera de que Agnes quedó embarazada de su hijo, se horroriza porque para ella, como para todos en un pueblo de Inglaterra a finales del siglo XVI, Agnes es una bruja. Anda por el bosque, reconoce sus sonidos, le canta a las plantas, prepara pócimas, y llama con sus propios labios a un halcón que es su amigo. Por eso, cuando se da cuenta de lo que Agnes planea hacer, la detiene y, a la fuerza, ayudada por otras mujeres, la obliga a parir en la casa.

El grito en la cara de esa mujer, retorcida por los dolores de un parto que está sucediendo donde no debe ser, entre la violenta calma que intentan transmitirle quienes la retienen a la fuerza, ese grito, ¡ay! cómo me llegó a doler. Es como si en esos minutos se condensara la historia humana. Lo salvaje, lo humano, la luz y la oscuridad. Su grito es el destierro: de la tierra de la que venimos, hacia este desierto en el que seguimos y desde el cual escribo.

Desierto que, como pasa ya todas las semanas, hoy duele viendo imágenes que me sobrepasan. Estos días ha sido por las masivas inundaciones en Córdoba, Colombia, pero unos días atrás era una tormenta en algún lugar en Indonesia. Así, día a día, cambian los nombres de los lugares, y se alejan o se acercan a nombres que conocemos o recorremos.

Me parece a veces que desperdiciamos tiempo en conversaciones que cada vez me resultan un poco más absurdas. Que si esto es o no culpa nuestra. Que si empezó este siglo o hace mucho. Que si es el capitalismo la razón de todo. Que si estamos o no a tiempo. Que si es más lo ganado o lo perdido. Y digo, un poco a la ligera, “desperdiciar” pensando en lo que podríamos estar haciendo mientras tanto, pero sé muy bien que así son los procesos, requieren tiempo. Ver requiere tiempo.

Los negacionistas del cambio climático parecen ya muy exagerados, fanáticos (des)informados por sus algoritmos. Vecinos de los terraplanistas. Pero estoy pensando en los que están “más acá”, aunque están bastante cerca de los que están “muy allá”. Me refiero a quienes, como si estuvieran cazando unicornios (mitológicos o startups), cuando uno cuestiona el rumbo por el que vamos, no pueden evitar hablar de las tecnologías que prometen salvarnos. Esos que ven el vaso medio lleno. Lo llena nuestra probada capacidad, que —lo dicen algunos sin un ápice de duda o vergüenza—, se ha probado infinita.

Infinito. La palabra apareció hace poco en una conversación sobre la crisis ambiental actual. Cuando alguien mencionó que ya superamos siete de los nueve límites planetarios, le respondieron que creían que los desarrollos tecnológicos nos permitirían multiplicar al infinito nuestros recursos. Así las cosas, la condena malthusiana dejaba de aplicar.

Insisto: vecinos del negacionismo.

Infinito. Yo recibo esa palabra y se me adhiere a la piel. La cargo mientras camino al tren, la cargo mientras escribo mi tesis, la cargo mientras reviso mi historia personal, la llevo todavía, mientras veo en mi celular los ríos desbordados, las vacas mugiendo, los niños llorando, las copas de los árboles apenas visibles. Personas corriendo a resguardarse de una tormenta que se lo está llevando todo.

Hay palabras que todavía me salen amargas. Me cuestan, me encartan, me exponen la herida. Pienso en este espacio que he abierto y cómo lo he vendido: conectar lo roto, integrar lo que ha sido violentamente partido. Me sirven para reconocer mi propio proceso, abierto, continuo, buscando integrar lo que rechazo, pero también es mío. Una búsqueda, una promesa, un mundo que aún no ha existido.

Lo que más duele, es lo que ha estado más adherido. No me parece extraña, entonces, la necesidad de escribir palabras que quemen, suturen, tal como lo hacen los cirujanos. Cargan la rabia y la lucha del esfuerzo invertido en deshacer una historia, en mi caso, la del yo ególatra, el individuo que posee y razona.

La génesis y el apocalipsis también.

Cargan el dolor del destierro, el hambre de alma de esa mujer arrancada a las malas de un hogar donde cabían mucho más que humanos. Donde el amor, como nos lo dice hermosamente Mariana Matija en su libro Niñapajaroglaciar, es un paisaje interno florecido de pájaros, glaciares, montañas, perros, humanos y gatos. Donde el amor no es solo asunto de humanos.

Esa mujer que obligaron a parir en casa sabía escuchar lo que la vida no humana tenía por decir. Han pasado casi quinientos años desde el momento en que sucede esa historia. Quinientos años en los que ha habido mucho: la luz y la sombra de un supuesto imperio de modernidad. Quinientos años en los que a la mayoría nos quitaron la capacidad de escuchar lo que la otra vida tiene por decir.

Quizás me dolió tanto su grito, porque en mi vida —una que ha transcurrido en gran parte entre edificios, apartamentos aislados unos de otros, pantallas, aulas de clase desde las que se pensaba el mundo, pero jamás se le sentía ni con las manos ni con los pies—, en esa vida, reconocer cuánto hemos perdido ha sido poner el dedo con sal en una herida que todavía arde.

No era su parto, no era ella o su hijo, era tener los pies en la tierra y las manos agarradas de la fuerza de un árbol. Era el saber de dónde venimos, poder llamar a un pájaro y notar su ausencia. Era la posibilidad de armar un mundo donde cupiéramos todos. Era el amor con forma de paisaje florecido.

Escuchaba a una periodista decir que las inundaciones en Córdoba nos recordaban que tenemos que prepararnos frente al cambio climático. ¿Cómo se prepara uno para lo que está pasando? Corremos a unos humanos de aquí para allá, hacemos presupuestos más grandes, planes, proyectos, encuentros con líderes de talla global, grandes pactos, alianzas y anuncios. Todo eso vamos a hacer, en el fondo conscientes de que estamos a ciegas. Todos un poco locos. Corriendo de aquí para allá, en vidas sin tiempo, tomando aviones, firmando papeles, haciendo grandes anuncios.

¿Quién, entre todo esto, aprenderá así a comprender un río?

¿Quién escuchará la historia que tiene por contar un bocachico?

Vuelvo a leer a Mariana Matija y pienso: ¿Y qué tal si empezamos más acá? ¿Si mientras todo eso pasa, empezamos por entrenarnos en volver a escuchar? Salir en la mañana y levantar el cuello a ver el cielo, caminar sin pantallas y sentarnos a ver las palomas coquetear, abrir la ventana y aprender a reconocer el canto del pájaro, encontrar el flujo de agua natural más cercano a nuestra casa. Ella nos comparte la historia de cómo en su casa cortaron un árbol de pomarrosa para construir la entrada del parqueadero:

León trató de interceder por el árbol, pero era demasiado tarde, la decisión ya no tenía reversa. Iban a destruir ese vientre mágico que hacía explosiones de flores y frutas deliciosas y que era la casa de los pájaros y los murciélagos y los bichos, porque no les pareció importante diseñar el edificio pensando en sus vecinos de otras especies. Lo diseñaron pensando lo que muchos humanos piensan, que podemos vivir solos, que los árboles y los pájaros están en las ciudades para adornarlas y que en el momento en el que ya no sirven, pues se quitan y ya. Una de las tristes victorias del colegio: la feria del desprecio a las cosas vivas, la feria de la confusión sobre cuáles son las cosas importantes. Mataron un árbol que era también un niño con brazos juguetones y raíces que sabían escribir cartas subterráneas. Lo mataron para hacer la entrada del parqueadero, para que los humanos pudieran jugar a que le hacen un refugio a sus carros, que son armazones de cosas que hace rato están muertas y que además atropellan perros. 

Hoy, leyendo a Mariana Matija, yo también tengo días en que digo que veo el vaso medio lleno. Lo llena ver una película como Hamnet, que existe gracias a dos mujeres que hacen algo que nadie había hecho. Maggie O’Farrell, la escritora del libro que da vida a la película, cuenta una historia que en quinientos años nadie se interesó en contar (la de la mujer en la vida de Shakespeare). Una historia que solo otra mujer podría llevar a pantalla de la forma en que lo hizo Chlóe Zhao. Mi vaso se ha ido llenando y la lista es larga para decir con qué. Son creaciones que, como plantas buscando el sol, giran tercamente hacia la vida.

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