Escribir con nuestro cuerpo para alinear la postura
- 14 Mar, 2026
1. Ivan
Me dan ganas de llorar las manos de Ivan: cansadas, valientes, persistentes, sanadoras. Me dan ganas de llorar lo injusto: que yo tenga esta hora de masaje para mí, en la que él mueve y presiona cada parte de mi cuerpo; inserta agujas, fija chupas, jala dedos, estira la piel, gira las articulaciones. Todo eso que disfruto que me hagan, mientras él —en un inglés de autodidacta recursivo, pegando sustantivos entre pocas preposiciones y adverbios— me dice que está cansado, que trabaja mucho, que su vida es work home, home work, tired, need rest.
Entiendo que diga que en el único día que tiene libre a la semana no le den ganas de reunirse con la comunidad de ucranianos en Glasgow: 20,000, two four ceros. Vamos dos citas y en ambas me habla de su tierra, siempre con el antes y el después. Cualquier pregunta la responde en dos partes: before war, after war.
Lleva tres años acá. Era el vuelo directo más barato que podían tomar con su esposa y sus dos hijos, aunque nunca hubieran escuchado el nombre de la ciudad. Dice que la vida acá está bien, pero que la gente too much complaint. Dice también que this —y señala sus pestañas— too long, y alarga un brazo para mostrar una distancia como de un metro delante de la cara. Se burla —entre pocas palabras y más muecas— y yo me río y vuelvo a clavar la cabeza en el hueco de la camilla.
A veces pienso que habla mucho, y yo quiero relajarme en este masaje, dejar de pensar, irme en búsqueda del silencio. Luego me sorprendo a mí misma preguntando más. Cada cosa que dice me hace admirarlo, me provoca pensamientos inútiles que no me atrevo a compartir: ¿qué tan difícil será para él independizarse? ¿Cómo ayudarle a conseguir una camilla? Si yo pudiera, le pagaría sesiones privadas, al margen del centro en el que trabaja. Y es que trabaja de 9 a 7, seis días a la semana, con una hora de descanso diaria.
Sus manos hacen esto todo el día y siento deseos de besarlas.
Me pregunta qué planes tengo para hoy.
Le soy honesta: I don’t know.
That good plan, me dice, y se ríe.
Yo, que planeo meses por adelantado, hoy decidí pasar el día en la ciudad sin planear nada. Me avergüenzo un poco, y más cuando me pregunta si mañana lo tengo off. Sí, lo tengo off, le digo, y para mis adentros pienso: ¿cómo le explico que casi siempre lo tengo off? Que soy estudiante de tiempo completo y me organizo como me plazca.
Que en un día como hoy, sin planear y sin cargar el computador, busco espacios para soltarme en creatividad para descubrir nuevas formas de articular ideas, historias, sentimientos e imágenes que flotan como mariposas inquietas en mi mente.
Que su masaje, además, me ayuda a hacer esto porque me suelta el cuerpo tenso, y es con el cuerpo con lo que escribo y creo.
Paso mucho tiempo leyendo, pensando y escribiendo sobre diálogo, conflictos y paz. Habito una mente ocupada en pensar cómo cambiar este mundo, ese que empuja a algunos a huir sin siquiera tener el privilegio de parar a pensarlo. Intento trenzar los hilos entre mis ideas y la tristeza que siento por la queja aminorada, contenida, constreñida con la que Ivan se refiere a su país, a la guerra, a su vida acá, a su inglés. No se permite rabiar mucho: menciona algo de la guerra y siempre adiciona ahhh, it is what it is.
Me dan ganas de llorar las injusticias: que a unos les toque salir y otros podamos vivir de estar pensando. Me dan ganas de llorar que, mientras escribo esto tomando café y con un rayo de sol en la cara, él siga en ese cuarto, en otro cuerpo, dele que dele, de 9 a 10, de 10 a 11, de 11 a 12 y así.
Que en su hora de almuerzo se siente en un muro, entre estos edificios y pavimentos húmedos por la lluvia incesante escocesa, a pensar, supongo, en quienes están todavía allá, mientras anhela que llegue rápido la hora de ir a casa, dormir, antes de venir a trabajar mañana.
Me gustaría que sintiera el sol que calienta mi frente en este momento.
El otro día hacía calor y, al despedirme, le dije, have a nice day —con una sonrisa que exageraba mi amabilidad y escondía una inútil culpa.
Él me respondió: No, you have a nice day.
Es que cuando él sale de trabajar, ya el sol —aunque siga ahí— no calienta.
2. Alinear la postura
Ivan me está ayudando a alinear la postura. Tengo el hombro derecho más arriba, tensionado, y me desajusta todo el cuerpo. He vivido así años, con un dolor en los hombros y en la base del cuello con el que ya me acostumbré a existir. Ni los estiramientos ni el yoga han sido suficientes para que se vaya; siempre vuelve.
El cuerpo es una máquina perfecta donde todo se conecta. En fisioterapia de piso pélvico me pusieron a hacer ejercicios de respiración con el diafragma, me conectaron corriente a los tobillos y me aplicaron presión en la lengua y en la mandíbula. Para relajar la tensión de mi piso pélvico, todo eso ayuda.
Yo sé que no solo mi cuerpo tiene que estar alineado: mi mente y espíritu también. Ese sí que ha sido un trabajo difícil de hacer. A veces lo olvido y retrocedo. El mundo en el que vivimos —tan rápido, tan material, tan ruidoso, tan ciego y en automático— amenaza lo que he avanzado.
Pero por estos días lo he podido sostener. Lo cuido y lo defiendo: medito, suelto el celular, dedico tiempo a mi altar, converso con mis muertos, respiro, me alimento bien, me alejo de personas cuya energía me desgasta, saco cartas de mis oráculos, leo las palabras de mujeres medicina, escribo ideas más sueltas —que aún no comparto— y busco el sonido de los mirlos y los gorriones apenas pongo un pie en la acera del frente de mi casa.
He sido esta persona por varios años, pero de a poquitos, disimulada y en privado.
Ahora es diferente.
Me estoy retando y me estoy creando. Me desconozco también. Me agrado y me agradezco. Me adelanto y me preocupo.
Que no se me vaya, que no se me vaya. Que no me gane el quehacer.
Me gusta permitirme un día sin planes y sorprenderme de estar en este café escribiendo páginas a rienda suelta entre servilletas, pedazos de papel y al respaldo de una impresión que debería leer.
Escribo por todos lados y para eso tenía que soltar las ideas fijas.
Tanta doctrina del deber: horarios fijos y largas horas; lo que puedo, o no, ser; lo que puede, o no, una investigación ser; lo que puedo, o no, decir.
Elimino la lista de to do’s en mi tablero: lleva años, si no décadas, y nunca ha estado toda tachada.
Por unos días hubo blanco, vacío, espacio.
Ahora escribo frases que me mueven. Las tomo prestadas de amigas, de una canción, de un libro. A veces las invento yo. A veces son preguntas.
Me quedo con las palabras:
las miro en las mañanas mientras me visto,
las memorizo y las mastico mientras camino,
las apropio, las desarmo, las reorganizo.
Me las meto al cuerpo
y espero
atenta
a ver qué crece.
I was too fragmented to sit with myselfWe are chained
Vivir en preguntas y no en respuestas
Too much life wasted
#mentejaula
Hoy en la cita se me ocurrió que, así como mi cuerpo se compone de células en un continuo devenir, los humanos somos como células de un cuerpo gigante. Ese cuerpo también tiene partes que se tensionan. Según la biodescodificación y las constelaciones familiares, el lado derecho del cuerpo representa al padre: la autoridad, lo profesional, la lógica, lo material.
Sospecho que nuestro lado derecho nos está doliendo y que, como yo, tenemos ese hombro más arriba que el otro. De hecho, creo que tenemos todo el lado derecho más arriba y que nos urge una alineación de postura.
Tenemos ideas tan fijas como músculos tiesos que jalonan todo: la idea del individuo, la idea del yo, la idea de progreso, la idea de la nación.
Si jalonamos así al cuerpo, entonces nos toca caminar de cierta manera: con un sistema individualista, competitivo, extractivo y de fronteras. En esta postura, nos vemos obligados a caminar en una sola dirección: la de siempre querer más y solo para nosotros.
No se nos permite parar,
no se nos permite acostarnos,
no se nos permite compartir el cielo,
no se nos permite el tablero en blanco.
Si las personas somos como células de un gran cuerpo, pues creo que hay personas que son el hombro derecho. Han hecho muchas cosas grandes, buenas y malas. Han hecho instituciones, teorías, países, universidades, empresas, han escrito libros y les han levantado estatuas.
Muchos les ven en toda su luz, otras les vemos también su sombra.
Y hay personas que son el hombro izquierdo, o quizás el ojo, o un pie descalzo con la planta callosa, o quizás el corazón que sostiene la vida, aunque pocos lo reconozcan. No sé qué significados tengan todas estas partes en las teorías somáticas —si es que los tienen—, pero sí sé que, desde hace miles de años, hay quienes nos hablan de otras historias.
De la ilusión del yo, de la interdependencia radical, de la madre tierra, de verdades que residen más allá de lo lógico que, como escribió Yasunari Kawabata, se encuentran solo al desechar las palabras.
Hoy por hoy hay personas como Giuliana Furci[1], gran micóloga chilena, que, pensando en discusiones de sociedad y política pública desde el lente del reino Fungi, están incluso desafiando el uso generalizado de pronombres y sustantivos. Un mundo donde un árbol no es un individuo, sino “un simbionte fotosintético de los hongos”. Yo no entiendo bien qué es eso, pero entiendo la idea: un mundo donde hay menos atención a los singulares y más a las relaciones; donde no hay yo, hay nosotros en acción.
Nuestro gran cuerpo, como el mío, también necesita aprender a caminar más alineado. Necesita el masaje que estira el músculo y lo suelta, y la acupuntura que introduce una aguja en la tierra de ideas tiesas.
Y me aventuro a ir más allá y decir que es un cuerpo que necesita recuperar el baile auténtico, el juego y el contacto.
Colgarnos como murciélagos, para ver todo a veces boca abajo. Acercarnos, como puercoespines en el invierno —recordando la metáfora de Arthur Schopenhauer—, dispuestos a explorar ese punto de vulnerabilidad y contacto. Arrastrarnos como serpientes, solo para recordar cómo se siente el mundo de abajo.
No todo puede ser postura recta y pausa activa del trabajo.
3. El cuerpo que sangra
Estas palabras las gesté hace meses cuando a Gaza y a Ucrania las seguían bombardeando. Hoy también bombardean Irán y barcos pequeños y grandes en los océanos. En unos meses, algunos seguirán teniendo que hacer minutos de silencio.
Nuestro cuerpo gigante nos está sangrando. Mientras escribo estas palabras, siento el cuerpo que me está sangrando.
Como siempre hemos sangrado, hay quienes dicen que es una condena, que esto es lo que somos. Que no hay cómo hacer un mundo donde todxs, incluidos no humanos, florezcamos.
Pero yo llevo estos últimos años atenta y he encontrado voces que, como agujas, cuestionan la idea de lo real y lo posible. Son las voces de bell hooks, de Gloria Anzaldúa, de Cecilia Vicuña, de Arturo Escobar, de john powell, de Thich Nhat Hanh, de Joanna Macy, de Audre Lorde, de David Bohm, de Isabella Hammad, de Silvia Rivera Cusicanqui y de muchas, muchas personas más —no solo de autoras reconocidas, también de amigas y activistas. Nombres que dejo acá muy a medias por si se esparcen como esporas en el aire.
Sus palabras han estirado mis ideas fijas y me han hecho pensar que lo real y posible será lo que podamos imaginar.
Me he puesto entonces en la idea de escribir: escribir un mundo que no conozco.
Y me ha costado hacerlo, porque escribir ese mundo pasa también por escribir sobre los mundos que tienen que caer.
Preparando esta entrada, inicié y borré textos durante tres semanas. Textos donde cupieran mis alaridos rabiosos como mujer viendo las perversas noticias de Epstein y de los hombres más poderosos del mundo. Textos que, temerosos, acercaban las historias de Manhattan a mi país, a mi ciudad, a mi vida, a mi cuerpo y al de mis amigas. A los dolores que nos hemos compartido entre confianza y llorando, y nos hemos acompañado a sanar.
Textos donde cupiera la agonía de la humanidad pudriéndose en cualquier intento de justificar el bombardeo de Israel y Estados Unidos a una escuela en Minab, en el sur de Irán, donde asesinaron a casi 200 niñas y a sus profesores.
Pero todo lo que escribí lo borré o lo abandoné, frustrada por emociones que desbordaban mi capacidad de escribir.
Recordé entonces a Ivan, que muchos meses después sigue masajeando todos los días. Los mismos conflictos siguen. Los míos, esta sensación de esquizofrenia de que me importe tanto un mundo que siento que no tengo que padecer en mi vida llena de privilegios. Los de él —que solo los puedo imaginar desde la distancia en la que me ubico y desde la cual le miro—: que siga extrañando una tierra que es hogar, desde un consultorio de paredes angostas con una ventana que de vista se encuentra con otra.
Sus manos,
como las de cuántos otros,
siguen siendo herramienta y tragedia,
fuerza y supervivencia,
oportunidad y condena.
Para mí nosotrxs,
y para que existan estas palabras,
sus manos son más que necesarias.
Notas:
Gracias a mi amiga Florencia, por leerme, por sus valiosísimos comentarios y por inspirar mi habilidad artística para el collage: con este me gradué.
[1] Dejé un link a un perfil de Giulana Furci porque la entrevista que quisiera compartir -de donde tomo la idea que referencio- tristemente no tiene acceso público. Si alguien quiere leerla, escríbame que resolvemos.
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