En búsqueda de la palabra dulce para sanar la herida

  • 19 Jun, 2026
Traducción no disponible (English)
En búsqueda de la palabra dulce para sanar la herida

Hace días empecé a buscar palabras y no las he podido encontrar. Anduve semanas metiéndome en callejones cerrados y frustrándome con cada vuelta. Si las palabras son flores, de mí han estado saliendo marchitas.

Escribir, en este momento, es para mí un acto para la vida: una alquimia donde se encuentran mi cuerpo, mi estado emocional y algo más. Un espacio donde me ofrezco y de donde nazco, no solo por gusto, sino por convicción de que, escribiendo, algo puede cambiar.

Escribí palabras y salieron agrias: llenas de miedo, desesperanza, rabia y sospecha. 

Uno sabe, uno siempre sabe, con qué textura cobijó la palabra.

Colombia se me metió adentro y me revolvió. Me revolvió como en estas elecciones les ha revuelto a tantos. Y yo, que me esfuerzo por cultivar un jardín interno de tierra dulce, también me volví agria.

Me empecé a preguntar entonces: ¿Para qué escribir en Afuera del cuadrito un texto más para las tierras agrias?

Dejé pasar unos días, así, conviviendo con la frustración de no poder producir. Pesada por la sensación de que son tiempos en los que debería estar diciendo algo —para que algo cambie, alguien se convenza, alguien vea, alguien entienda. Para que yo pueda decir que tuve algo que decir, que dejé consignadas mis banderas.

Vi que esto no haría mucha diferencia y que lo único que podría realmente intentar —no porque debería, sino porque quisiera—, es buscar unas palabras de las que brotara un polen dulce.

Hace poco aprendí algo profundo sobre la palabra dulce, pero allá vamos a llegar.

Inspirada por ese aroma o sabor, que es sobre todo textura, me arremangué de nuevo a escribir. Mi mundo interno sigue revuelto, y por eso anhelo lo que muchos necesitamos: la calma que da la renuncia a lo que no podemos controlar; la atención de filigrana que insiste en buscar el pequeño milagro; el descanso que da ver el mundo, incluso cuando está feo, con buen corazón.

Pero de mi autoría todavía las palabras no están muy dulces, así que se me ocurrió compartir palabras que he recogido de otros y que se han convertido, en estos últimos años, en guía, en cápsulas de sabiduría, en horizontes del mundo que quiero ayudar a construir.

Lo que voy a compartir a continuación es mi trenzado hecho con ideas y citas de otros autores, que he guardado en mi canasta estos últimos años —en mi largo archivo de notas en el celular—, cual forastera que busca el rumbo perdido en medio del bosque. 

Hoy creo que a muchos corazones perdidos les viene bien escucharlas. Acá va.

*

Colombia. Las elecciones. Esta fractura profunda que no se cierra, sino que se agranda. Colombia y su herida.

Para hablar de la herida invitaría a todo el mundo a escuchar este episodio de The Emerald podcast, el único que he escuchado hasta ahora que, desde la fractura política, va hasta la raíz de la herida. Ojo, lo comparto con cautela y por eso va con asteriscos:

Asterisco 1: Está en inglés.

Asterisco 2: Habla de la política gringa. 

Asterisco 3: Seguramente no es para cualquiera, quizás los saque de su zona de confort, y dura dos horas… Pero, como dice Bayo Akomolafe: “son tiempos urgentes, así que vayamos más despacio”.

Para este texto me tomé el atrevimiento de transcribir y traducir unas largas secciones. Las comparto:

Sin importar cuál sea tu afiliación política, sin importar cuál haya sido tu reacción ante la elección más reciente —horror, disgusto, miedo, alegría, euforia, indiferencia o resignación—, sin importar lo que pienses al respecto, probablemente puedas estar de acuerdo en que esta nación está bastante fracturada. 

Hay una herida, una grieta; una herida que ha dado lugar a tanta amargura y reproche, tanto cinismo, tanta hostilidad entre unos y otros, tanta bifurcación social. 

¿Cuál es la naturaleza de la herida? ¿Qué tan profunda es? ¿Hasta dónde llega realmente?

También estoy cansado, en medio de todo esto, de ser una voz más de análisis. Porque me pregunto: ¿es realmente más análisis lo que más necesitamos en este momento? ¿Otra voz que dice: «Bueno, si observas esta tendencia social, este bloque de votantes y este grupo demográfico de esta manera, entonces está claro que el problema es X, y si tan solo todos pudieran ver que el problema es X, entonces todo se corregiría por sí solo»?

 Todo el mundo tiene su diagnóstico. Hay diagnosticadores de tiempo completo en todas las grandes cadenas de noticias, diagnosticando sin cesar y sin conformarse. Y todos los demás también son sus propios diagnosticadores de internet. Instagram es un flujo constante de diagnósticos de sillón.

Muchísimas personas aparentemente conocen la causa, la solución, la cura, el estado del mundo. Todo estaría bien si tan solo todos escucharan lo que yo tengo que decir.

 Así que hemos medido la herida de todas las maneras posibles. La hemos cuantificado, analizado, ciertamente psicologizado y, vaya si la academia la ha intelectualizado. Hay personas que han obtenido doctorados, conseguido títulos universitarios y firmado contratos editoriales con exorbitantes honorarios por conferencias públicas gracias a sus lúcidas interpretaciones de la herida.

Es como si hoy existiera una economía basada en la herida. La hemos diseccionado y desmenuzado de mil maneras diferentes… pero ¿nos hemos sentado simplemente con ella, juntos, a respirar? 

¿Nos hemos sentado juntos, vecino con vecino, y respirado en el espacio del sagrado misterio? ¿En el espacio de reconocer: La verdad es que no tengo idea de qué hacer con todo esto?

En el espacio de soltar todas las interpretaciones y explicaciones, aquí y ahora, es donde el espíritu puede respirar.

Si no es Colombia, tampoco Estados Unidos, si esto es global, como no me cabe duda de que lo es, ¿qué nos está pidiendo esta herida? 

*

Pienso, primero, en la humildad como espacio vulnerable donde nos podemos encontrar.

Yo, que hoy hago parte de ese mundo académico, una más de las que se dedica a intelectualizar sobre la herida- y que creo que es importante hacerlo-, escucho en estas palabras algo más profundo: que este tiempo nos está pidiendo virar en búsqueda de algo más sensible y vulnerable. Algo que, sospecho, nos conduce a lo más humano.

Pienso en las palabras de la socióloga aymara Silvia Rivera Cusicanqui, cuando hablando de su poderoso concepto del mundo Ch’ixi:

Lo ch’ixi es una dialéctica sin síntesis, en el sentido de tolerar la contradicción tal como es y no buscar superar la contradicción. Es decir, el vivir en la contradicción permite una fricción muy creativa de reconocer que hay esos dos polos que están en lucha, y que de esa lucha sale mucha energía creativa pero también puede ser destructiva. Es un equilibrio inestable, tenso, que permanentemente hay que rehacer, hay que reactualizar. Lo ch’ixi no es algo que viene dado. Yo soy ch´ixi y qué lindo y se acabó… ¡no! Tengo que reactualizar esa condición ch’ixi cada vez que enfrento una contradicción. Tengo que hacer que en esa contradicción se vivan los dos polos y no cerrar el ojo al polo que te molesta.

 Las contradicciones que describe lo Ch’ixi nacen en el encuentro entre el mundo indio y el mundo blanco en lo que hoy es Bolivia, pero sería no entender el concepto no ver que en realidad habla de algo del tamaño de los polos de la humanidad. 

Y creo que el mundo el mundo Ch’ixi exige humildad.

*

Paso a otra idea, pero sigo con la misma autora, que con tal claridad dice:

Quisiera ver un mundo de regiones, no de naciones; de cuencas de ríos, no de departamentos o provincias; de cadenas de montañas, no de cadenas de valor; de comunalidades autónomas, no de movimientos sociales.

De estas palabras tomo que son tiempos que nos están pidiendo imprimirle al mundo la cualidad de la vida.

Es la misma razón por la cual las palabras para este texto no me surgían, y entonces las deseché, y por la que ahora, en cambio, emergen casi por sí solas de entre los post-its donde anoté, muy juiciosa, todo lo que quería compartir.

Pienso en lo que nos enseña la historia de Basho y su alumno Kikaku, cuando un día, caminando por el campo, Kikaku compone el siguiente haiku:

¡Libélulas rojas!

Quítales las alas

y serán vainas de pimienta.

Basho le dice: “Al hacer eso, has matado a la libélula. Un haiku debe dar vida, no quitarla”, y entonces le muestra:

¡Vainas de pimienta!

Añádeles alas

y serán libélulas.

Es sostener la vida poética, incluso —y precisamente— cuando el mundo está como lo estamos viendo.

Hoy que Colombia se avecina a ser otro de los países que elige mayoritariamente una opción como la que representa De la Espriella —porque sí, creo que es un hecho que va a ganar—, pienso en un correo que recibí del Othering and Belonging Institute (un centro de la Universidad de Berkeley del que soy fan y por eso dejo link), en alguno de esos días difíciles del gobierno de Trump, y que decía: “Estamos siendo puestos a prueba política, moral y espiritualmente.”

La humanidad entera está siendo puesta a prueba.  Tú, yo, y el espacio entre cada uno de nosotros.  Es algo espiritual, pero ya llegaré allá.

En Estados Unidos no hay ni cómo elegir qué suceso es peor. En Irlanda del Norte, la semana pasada, un crimen cometido por un inmigrante sudanés desató la más trágica y dolorosa violencia y persecución racista por parte de hombres jóvenes blancos encapuchados. Esas reacciones racistas están sucediendo en tantas partes, como no sucedía antes, ahora que los partidos y políticos de extrema derecha están llegando al poder y se legitiman discursos de odio. De Irlanda del Norte llegó a Glasgow, donde vivo, también con protestas racistas multitudinarias y consignas que decían: “White lives matter. We will not submit” (las vidas blancas importan, no nos vamos a someter).

Colombia tiene otro discurso de odio distinto al del Reino Unido o Estados Unidos, ¿pero se entiende a qué me refiero? 

Me refiero a la realidad que construye la palabra cargada de odio.

Son tiempos para imprimir tercamente la cualidad de la vida y mantener siempre a la vista los ideales que la sostienen.

Que, como dijo Paulo Freire: “Nadie puede ser auténticamente, negando que otros sean.”

Cuando el discurso se construye sobre un otro al que dejar por fuera —la izquierda, las mujeres, los migrantes, la diversidad sexual, los animales, sí, también los animales y el planeta—, ese es un camino que va hacia un callejón cerrado. Como anticipa john a. powell, director del centro de investigación en Berkeley y un pensador y guía espiritual que les recomiendo leer: “Un “nosotros limitado” nunca podrá sostener una paz real.

Llegamos a la semana de las elecciones y mi voto, para sorpresa de nadie, será por Cepeda. No voto por él porque sea una defensora del proyecto político que representa el Pacto Histórico o del gobierno de Petro. Voto por él porque es evidente que la otra opción se edifica en un discurso de odio de un nosotros limitado, y así no se puede imprimir la cualidad de la vida. 

No niego con esto el daño de la figura de Petro y del odio que también cargan sus palabras, ni los graves errores de su gobierno -eso, sin duda, hace parte de lo que nos trajo a esta situación, y nos ha alejado de construir un proyecto que se diga en defensa de la vida y actúe como tal: con la humildad que requiere el espacio de la herida entre el nosotros que cuesta ampliar. 

Ubicarse respecto a Petro o a Cepeda nos ordena de lado y lado de la fractura y, entonces, como ya dije mi voto, quizás alguien de mi pequeña audiencia que se sienta del otro lado, quisiera dejar hasta acá. Ojalá se quedaran hasta el final, porque es precisamente, pensando en ustedes, los más ‘lejanos’, por quienes me senté escribir. 

*

Escribir pensando en los que se sienten lejos, pero hacerlo buscando la palabra dulce, es una forma de buscar la luz, la tercera tarea que quiero sugerir que nos está pidiendo esta herida. 

Gloria Anzaldúa, nos describió como “semillas ciegas que han perdido el rumbo de la luz”, y el escritor y activista afroamericano, James Baldwin, quien también escribía en tiempos difíciles, dijo:

“Uno descubre la luz en la oscuridad, para eso está la oscuridad; pero todo en nuestra vida depende de cómo llevamos la luz. Es necesario, mientras estamos en la oscuridad, saber que hay una luz en alguna parte, saber que, en uno mismo, esperando ser encontrada, hay una luz.”

Recibo mensajes de tantos amigos – en los tres espacios que componen la fractura-, compartiendo qué tan agotados, preocupados, y hastiados se encuentran; y los entiendo, porque lo siento yo también. A todos nos está costando por igual iluminar desde adentro, y pareciera más fácil refunfuñar y mirar para otro lado. Pero, lo que nos dice Baldwin, es que precisamente para eso está la oscuridad.

Me pregunto con Anzaldúa, ¿qué hay que hacer para recuperar el rumbo? Y por eso escribo: invocando mi luz, que emerja, que endulce la palabra, a ver si se iluminan otras luces también. 

*

La humildad que permita habitar el espacio entre nosotros. La cualidad de la vida impresa siempre como premisa.  Y la luz mía, buscando la luz tuya. 

Esas tres ocurrencias, se encuentran todas en la palabra dulce.

Hace no mucho tiempo tuve una conversación con Noamby Lucas Castillo, una joven indígena Zenú que también hace parte de Valiente es Dialogar. Me enseñó sobre este concepto útil para pensar en el diálogo, y que nace de varios pueblos indígenas y se inspira en significados presentes en sus lenguas, que en español no tenemos. 

La palabra dulce habla sobre:

Escuchar al otro desde darle toda mi calidad intelectual: mi mejor escucha, mi atención, es decir, ofrecerle mi mejor versión.

Pensar siempre en la persona con quien se habla como el mejor orador; es decir, partir siempre de su mejor versión.

Recordar que podemos tener posiciones diferentes, pero estamos en el mismo saco. Eso que suena a frase de garaje, sentirlo, porque es una realidad: que somos parte del otro.  

Evitar las “afirmaciones gratuitas”, por ejemplo: toda persona que vote por De la Espriella es facha.

Cuando tengo un corazón bueno, mi palabra es dulce, y un corazón dulce sabe cómo responder a un diálogo”—me dijo Noamby.

Yo creo que tengo un corazón bueno, o al menos voy en la dirección correcta, y aun así reconozco cuánto me cuesta cultivar la “palabra dulce”. ¿Si somos autocríticos, realmente, cuántos de nosotros cultivamos la palabra dulce?

Hoy a mí me cuesta comprender que, existiendo argumentos claros —tanto análisis— evidenciando lo que representa votar por Abelardo, haya tantas personas dispuestas a hacerlo. Pero esa es la única realidad: que más de diez millones de personas lo hicieron, y quizás muchas más lo hagan el próximo fin de semana.

Y entonces, si me tomo en serio lo que dice Bayo Akomolafe - “Estar en lo correcto en un universo entrelazado es estar separado de él,” o estas palabras de Nora Bateson:

“La tarea más importante en este momento es generar una base de personas dispuestas a practicar percibir la complejidad y la interdependencia en todos los aspectos de nuestras vidas.”

Entonces esos diez millones de personas que votaron por Abelardo —desde quien lo hace convencido, defendiendo esa idea de patria, hasta quien lo hace manipulado por los algoritmos, o simplemente desde su imposibilidad de considerar un voto a la izquierda-, todas esas personas, más las que se añadan el 21, hacen parte de mí.

Pepe Mujica dijo:

“En mi jardín hace décadas que no cultivo el odio, porque aprendí una dura lección que me impuso la vida: que el odio termina estupidizando, porque nos hace perder objetividad frente a las cosas.”

Y sí, creo que la tarea es no cultivar odio. Ni el que se arroja fácilmente a los millones de votantes que no votan por mi opción, ni el que poco a poco carcome las relaciones cercanas, ni, mucho menos, el que los políticos como Abelardo intentan hacernos tragar. 

La resistencia está en la luz, el amor, la humildad y la vida. Tercamente.

Eso hace parte de buscar la palabra dulce: que aunque personas, incluso algunas que amo, voten por un candidato que alza banderas que niegan partes de mi propia identidad, ese voto jamás contendrá todo lo que ellas son.

De nuevo cito a john a. powell cuando dice:

“En muchas formas, reducir a una persona a una única cualidad es negarle su plenitud y su complejidad; en otras palabras, su ser.”

Siempre lo he dicho: los setenta millones que votaron por Trump no son supremacistas y racistas. Son personas. Igual que los que votarán por Abelardo. Y la clave está —otra vez powell— “en ser duros con las estructuras, pero suaves con las personas”.

Las estructuras son reales: los etnonacionalismos, el tecnofascismo, la supremacía blanca. Y a quienes las estamos denunciando, nos queda mucho trabajo por hacer —y me encanta ver que lo estamos haciendo, porque es así. ¡Hay tantas cosas fascinantes pasando: libros, cursos, juntanzas, comida, talleres, arte! Se siente el hervor de las acciones por la vida, y eso enraíza profundo la resistencia.

En fin, este señor será presidente y tendremos mucho que criticar y por qué preocuparnos, pero busquemos caléndula para la herida, no más sal, recordando siempre que, como dijo Rumi, la herida es el lugar por donde entra la luz.

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